sábado, 23 de diciembre de 2006
¡LA TEMPORADA DE INCENDIOS!
En el Perú los incendios son de dos clases. Casuales y con seguro. Los casuales se producen en cualquier altura del año y, por lo general, tienen origen en la cocina (cuando la abuelita tumba el kerosene) o en el catre, cuando el viejo llega borracho y tira un pucho que acaba con toda la barriada. Los segundos , en cambio (los que tienen seguro) se rigen por un estricto horario o calendario veraniego (Diciembre –que comienza dentro de breves horas –enero, febrero y marzo) y, sin excepción alguna, se inician todos en la Contabilidad, después de haberse hecho el balance de la empresa con resultados francamente desalentadores para seguir trabajando honradamente al 45%. En algunos casos la solución no es tan sencilla:
-Compadre ¿Y si te va mal por qué no incendias tu negocio?
-Difícil. Tengo una fabrica de encendedores
Como dijo Mao Tsetung en alguna oportunidad “Con el más humilde fosforito puede incendiarse una pradera”. Y, naturalmente, es lógico suponer que si al modesto palito de fósforo se le ayuda en su labor flamígera con cincuenta galones de gasolina importada, discretamente esparcida entre los libros, el mobiliario y la mercadería más susceptible a las ampollas, se va a producir tal siniestro que no van a quedar de la empresa ni los ratones. Lo cierto es que al promediar diciembre y cuando ya se sabe cómo anda la trafa del inventario, el entusiasta alarido de las sirenas bomberiles anuncia al mundo el Comienzo de la Gran Temporada Anual de Incendios Comerciales, organizada, preparada y encendida por los directivos de “Astalperno S.A”, que le deben a cada santo una vela y que, curiosamente, sólo están al día con las compañías de seguros. Porque, eso sí: Empresa chica con seguro grande y puntual, malo. Ahí se viene el siniestro como por una cerbatana, según puede verse fácilmente en las estadísticas. Yo recuerdo el caso de Martínez (Aclaremos : Otro Martínez, no el que ustedes conocen), un amigo mío que era amante de los billetes, de la música y de una señora chiclayana. El cholo Rómulo (A quien le decíamos “El Chuncho” por su aspecto típicamente nórdico) trabajaba de contador en una firma importadora hasta que cierto día –en un momento de debilidad- tomó dos millones de la Caja, dos pasajes aéreos a la Polinesia y la resolución de no volver al Perú en todo el resto de su perra vida. Sin embargo, honrado hasta el fin, dejó una carta al Gerente, concebida en estos emocionantes términos: “Don Ludibrio, en nombre de la empresa tomé un seguro contra incendio por cinco millones, cuya prima pagué con parte de los dos que me llevo. Quemen el local, porque así ganan tres millones (descontando los dos, míos, que me llevó) o se van a la quiebra en tobogán. En el sótano hay gasolina mechas, fósforo líquido y estopa. La póliza está al día. Muchas gracias por la confianza que ustedes siempre depositaron en mí. Atentamente, Martínez”. Hasta donde yo sé, aquel fue el único incendio del mundo aprobado en Directorio.
-Qué bárbaro, Mustafá... se incendió la fábrica, murieron quemados todas tus socios y cobraste siete millones de dólares...!
-¡Alí es grande, quirido Allah... digo, Allah es grande, quirido Alí...!
Ahora, tampoco se crea que los prosélitos del Lloyd inglés se chupan el dedo y que sueltan billetes como programas de circo, no. A veces hay que llevarlos del brazo hasta la Suprema o hacerles un escándalo para que suelten la mosca. Pero al final siempre hay veinte o treinta clientes que los agarran con incendios perfectos –verdaderas joyas de la pirotecnia- donde se queman hasta los cimientos de concreto y, milagrosamente, siempre se salva la póliza “porque estaba guardada en otro sitio”. Eso es lo que tiene de bueno el fuego: Que no deja huellas porque todo lo purifica a su paso. Alguien me contó una vez que un pariente suyo incendió su fábrica, pero dio parte a todas las bombas de Lima y el asunto vino en tal forma que a los cinco minutos había 45 mangueras disparando agua sobre el fuego y cien bomberos abriéndose camino hacia el interior del edificio. Como es natural, aquella actitud llenó de asombro a quien le contó la historia y no pudo menos que criticar al incendiario:
-¡Pero, salvaje... ¿Para qué llamaste a las bombas de incendio si con tantos bomberos te apagaban el fuego en media hora...?!
-No importa, primo... mi seguro también es contra “Daños”... ¿Y te imaginas a todos estos bomberos entrando con un hacha cada uno...? ¡No ha quedado ni una silla entera, primo, ni una silla...!
DON SOFO