viernes, 18 de noviembre de 2005

EL NUMERO UNO

EL NUMERO UNO
Yo lo había conocido años atrás, cuando me dedicaba al orientalismo y a la esotería en grupo y tenía por él ese vivo respeto que nos inspiran los maestros. Por eso me sentí tan gratificado cuando convinimos en vernos al medio día, pocas horas después de haber regresado al país. También quería verlo, inclusive, por razones de salud, ya que esa mañana precisamente, comenzaba mi tratamiento para expulsar una piedra formidable que, según las radiografías tenía en el riñón.
Bueno, ustedes saben cómo es un cálculo. Primero duele la cintura, después el dolor retumba en el cráneo, luego uno quiere caminar por las paredes y finalmente acaba arrastrándose al urinario, como hacen los exploradores en el desierto para llegar hasta el oasis. En tales circunstancias nadie lo comprende a uno:
-¿Qué tienes un granito en el riñón...? Pero, entonces, no es un cálculo...
-No, digo que tengo un pedazo de granito en el riñón... pero que es un calculo...
Dicho y hecho, a las diez, pasado el desayuno, tomé dos pastillas diuréticas, junto con otros tantos litros de agua para facilitar el camino de la piedra en su safari al exterior: Al salir, tuve el deseo impreciso de pasar al cuarto de baño para aliviarme la vejiga, pero luego pensé que más fácil me resultaría hacerlo en cualquier lugar del camino. Al llegar, a Miraflores mi urgencia era alarmante y entré en un café dando pasitos cortos y procurando no toser, para evitar un descalabro. Fue entonces cuando me encontré con Martínez, quien tomaba una cerveza en el rincón. Lo saludé. Me invitó a compartir su mesa y acepté complacido pero señalando que, antes, pasaría a lavarme las manos, como antes se le decía al arte de achicar la bomba en situaciones de emergencia. Me preguntó Martínez si las tenia muy sucias
-No, pero una lavadita nunca está de más –repuse y añadí, con una sospecha- ¿Por qué?
-Nada... parece que no funciona porque se rompió una cañería... digo, la tualé...
Creí morir –ahogado por dentro- pero me limité a juntar las rodillas, una contra la otra, para aliviar aquella presión incontenible. Tomé asiento con la certeza de que moriría en tres minutos, cuando me estallara la piel por algún lado del territorio correspondiente a los riñones, incluido el cañón. Bueno, transemos en cañoncito. Pero era que yo no podía desaira a Martínez. Particularmente ahora, cuando se había quedado tuerto, perdiendo –al mismo tiempo que el ojo- a la clientela, en su consultorio de oculista. “¡Diez minutos, Dios mío –pensé- hay que aguantar sólo diez minutos... cumplo con Martínez y a cien metros está el hotel de mi maestro...!”
-¿Qué te sirves? –preguntó mi anfitrión
-Cerveza –respondí maquinalmente y luego me arrepentí, horrorizado, de sólo imaginar una nueva remesa de líquido, inundando mi organismo.
Trajeron dos gigantescos vasos, de a medio litro cada uno y de solo mirar el mío los ojos se me llenaron de lágrimas, mientras sostenía las piernas ferozmente apretadas, bajo la mesa. Sentí un escozor en la nariz y la simple posibilidad de un estornudo me puso al borde de la histeria. Me temblaba la mandíbula y no podía controlar el pulso, pero comprendí que debía serenarme. Y nada me pareció más adecuado que tomarme aquella maldita cerveza de una buena vez. Lo hice y comprendí que ya nunca más podría incorporarme, después de aquel esfuerzo que desbordaba mi capacidad en metros cúbicos. Felizmente Martínez me preguntó si me sentía mal, porque estaba pálido, con el cabello erizado y la frente perlada de sudor. Le dije que no, que yo siempre tomaba la cerveza en esa forma y que, más bien, me ayudara a levantarme porque se me había dormido el cuerpo, de las pestañas para abajo. Lo consiguió, junto con otros cuatro mozos y abandoné, muy lentamente el café, sin despedirme, porque cualquier movimiento podía ser fatal.
Calculo que llegar al hotel me costó dar diez mil pasitos del cinco centímetros cada uno, apoyándome en las paredes y despertando las sospechas de un policía, que me seguía discretamente, apuntándome con su pistola. Cuando llegué, el maestro me esperaba en la puerta, frustrando mi esperanza de alcanzar el urinal antes de anunciarme. “¡No hay nada que hacer! –me resigné- ¡Si me da una sola palmada en el hombro me deshidrato aquí mismo!”. Pero, no. Me estrechó la mano y me propuso caminar unas cuantas cuadras para reencontrarse con la ciudad. Quise explicarle, pero ¿Quién le discute a un maestro orientalista? Algo peor. Se escandalizó de mi urgencia, recordándome que el hombre superado tiene que dominar las necesidades groseras de su organismo, como decir lisuras y orinar, por ejemplo. “El funcionamiento de los riñones, la respiración, el pulso –seguía disertando- todo debe someterse a la voluntad”. Creo que alcanzamos a caminar unos interminables dos metros y confieso que había perdido la capacidad de pensar cuando lo interrumpí para decirle con un hilo de voz en la garganta:
-¡Maestro... un árbol...
-¿Y qué...? –preguntó, malhumorado por la interrogación.
Ya no contesté más. Me abracé del árbol como si hubiera sido mi
abuelo y procedí, mecánicamente, a utilizarlo con los ojos extraviados en un éxtasis de placer. No me importaba nada ni nadie. Ni la gente que transitaba, ni el maestro que me miraba atónito, ni el perro que me contemplaba fijamente, con una admiración indescriptible. ¡Fueron los ocho minutos más deleitosos de mi vida...! Cuando terminé descubrí que mi maestro se había retirado. Lo busqué, lo llamé, le dejé recados... Inútil... Hasta hoy no ha querido escucharme.
Y creo que nunca más volverá a dirigirme la palabra...
Publicado por nostambulo @ 7:15 | 0 Comentarios | Enviar

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