viernes, 18 de noviembre de 2005

COSAS DE NUESTROS TIEMPOS

COSAS DE NUESTROS TIEMPOS
por SOFOCLETO

EL OTRO DIA ME LLAMA UNA AMIGA – buenísima, tanto de carácter como de todo lo demás- y me pide que vaya a su casa, por la tarde, para tomarnos un trago y hablar conmigo algo muy importante.
Con el cerebro lleno de especulaciones y en tanto mi Diablo de la Guarda le daba una patada en el trasero a mi Angel de la Guarda, por cuya mojigatería me he perdido unos animales fantásticos en los últimos zoológicos, carraspeé, le dije que naturalmente, que encantado de la vida y que ahí estaría a las seis en punto.
-¡Bestial! -Así hablan ahora las mujeres que tienen cuarenta pero representan lo mismo- Porque te tengo reservada una sorpresa.. Chau!
A un cuarto par las seis –recién bañadito, oliendo a sándalo (que es un afrodisiaco como para removerle los corchos hasta una inglesa) y con las malas intenciones al rojo vivo- toqué el timbre, me abrió ella misma, cubierta sólo por una bata que no describo porque después tengo líos en veinte partes, me dio el besito de protocolo, me hizo pasar, tomé asiento, me sirvió el reglamentario vodka tripe con jugo de toronja (aunque ahora lo tomo con melón que es fantástico para el colesterol), se sentó a mi lado, encañonándome con las rodillas a cuarenta centímetros de cualquier cosa y, poniendo entre los dos una caja que traía, me dijo estas desintegrantes palabras, que transcribo en todo su exacto dramatismo.
-Mira, mi marido está de viaje... vuelve en diciembre... y te he llamado para preguntarte si tú no querrías enseñarme a tirar...
¿Ustedes nunca han oído palabras que les han llenado la garganta de arena?
Bueno, eso con un poco de vidrio molido, barro espeso y algo así como cemento a punto de armarse fue lo que sentí, desde la punta de la nariz hasta la planta de los pies, cuando escuché aquellos espeluznantes conceptos que, para comenzar, me quitaron el habla, pero, en cambio, me pusieron rígido todo el cuerpo
Felizmente, ella prosiguió, abriendo la caja que traía.
-Si ya sé que te extrañará, pero quiero que me enseñes a tirar, para darle esa sorpresa, cuando venga... porque Lima está cada día más peligrosa y una mujer ya no puede andar sola por la calle sin temor a que la asalten... así que agarré, le saqué el revólver del escritorio y mira... ¡Aquí está..!
-¡Qué linda arma –atiné a decir- pero sácame el cañón de la nariz, porque la tengo demasiado estrecha para una bala de calibre... deja ver... ¡Ah, es una Magnum 44...! ¡Y esta es para tumbar elefantes... la conozco... (se me hizo la luz en el cerebro)... claro tú lo que quieres es que te enseñe a “disparar”.
-Sí a tirar, pues, como hacen en las películas...
-No, tú di, mejor disparar... cosa que te evitas enojosas confusiones y... caramba, esta carraspera... me tomaré un trago... a ver... eso es1 Ahora escucha la Mágnum es una arma muy pesada para ti... ¿No tienes alguna cosita más chica en casa?
-No –entreabrió las rodillas, en un ángulo de veinticinco grados, mínimo- yo quiero aprender con ésta y después al regreso del negro, le digo que tú me enseñaste a tirar cuando estuvo fuera y...
-Disparar... dile que te enseñé a disparar... acuérdate... “disparar” –supliqué.
-¡Pero si es lo mismo una cosa de la otra....! –se sorprendió
-Deja nomás, yo tengo mis razones... En cuanto a enseñarte no hay problemas... tú sólo dime cuándo podemos salir al campo... a un sitio donde no haya gente... y te enseño.
-Mañana a eso de las diez, nos vamos donde quieras, yo preparo algo para el camino o si quieres almorzamos por ahí y me enseñas... ¿Tú tienes tiros?
-¿Tiros? –Me desconcerté- no, yo no jalo... y no sabía que tú...
-¡Balas! –aclaró- ¿No es lo mismo tiros que balas, como sale en las películas? Porque el negro sólo tiene doscientas nomás... ¿Y cuántas necesitamos, mil...?
-¡Ah, claro, balas, munición, quieres decir...! No, no necesitamos más de veinte o treinta... pero mejor levántate el vuelo de la bata, que se te acaba de resbalar sobre la rodilla y te podría dar una pulmonía en la pier... digo, en el muslo. Bueno, mañana, a las diez en punto, vengo por ti... no te olvides del revólver, de la munición y de ponerte ropa como para tirarte al suelo... digo, como para que te tires al suelo, te arrodilles... quiero decir, para que cambies de posiciones... no para que, ¡Mira, mamita, mañana vengo a las diez... si me atraso un poquito, me esperas, nomás!
Efectivamente, al otro día a las nueve en punto. Hora inglesa, me presenté en su casa. Bajó con un mine-jean y una canasta de mimbre, con las botellas, unos sandwiches, el arma y las balas. Además tenía un par de vasos y un efluvio a “poison” que se te metía por todos los poros
Arrancamos. La llevé por un sitio que conozco y donde no hay ni un alma. Le expliqué bien cómo era la cosa, parada, echada, de rodillas, de espaldas y empezamos. Lo hizo como una profesional. Nos tomamos unos tragos, nos gastamos cuarenta balas, despachamos los sandwiches y regresamos a las seis de la tarde. Mi Angel de la Guarda sacó a patadas a mi Diablo de la Guarda y ya me despedía, cuando se acercó a la ventana del auto y me preguntó:
-¿Y de noche...?
¿Tú no crees que también me podrías enseñar a tirar de noche... digo a disparar...?
-El lunes te llamo –le contesté. Dándome tiempo para ver quién le rompe el alma a quién... si mi Diablo de la Guarda a mi Angel de la Guarda o viceversa. Yo le he apostado cinco boletos al Diablo... ¡Vamos, Diablo... tú puedes...
Publicado por nostambulo @ 7:13 | 0 Comentarios | Enviar

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